10 consejos para estas fiestas

Una de las típicas cenas apasionantes que ofrecen las celebraciones de diciembre. Las Fiestas de Fin de Año son, como su nombre no lo indica, un parto. Pero no se pueden evitar, así que la única que queda es tratar de que los daños y emboles sean mínimos. Por eso, les dejo una práctica guía de diez consejos útiles para Navidad y Año Nuevo.

 

1. Las personas nacen buenas, los parientes no. Grábese esta máxima en su cabeza, y si es posible escríbala con aerosol negro en el muro del fondo de su casa. Por eso, cuando esté organizando la cena de Nochebuena o Año Nuevo en su casa, ante los llamados de sus familiares preguntando “che, ¿qué llevamos?”, no responda irresponsablemente diciendo “¡pero nada, che, cualquier pavadita si acá nos arreglamos!”.

 

No, no cometa esa extrema pelotudez, porque es totalmente iluso de su parte pensar que su cuñada lo va a sorprender llegando esa noche con cuatro kilos de ensalada rusa, o que su hermano aportará una colección de tortas heladas para el postre.

 

Para nada. En lugar de todo eso, ella llegará con un cuarto kilo de pan y una Coca light “para mí nomás, porque con la dieta no puedo tomar otra cosa”, y él se hará el canchero con un pollo achicharrado y más pequeño que un colibrí, adquirido en una parrilla pedorra camino a la reunión. Y usted, como un boludo, tendrá que descongelar costillas y lechones que estaban pensados para el cumpleaños del nene.

 

2. Si lo invitan, no trate de quedar como el educado de la noche. La cuestión es simple, es usted o ellos. Si finalmente tiene la fortuna de zafar y evitar que la cena se haga en su casa, cague a sus parientes anfitriones del mismo modo en que ellos lo cagaron antes o lo cagarán en el futuro, según lo indicado en el punto 1.

 

No sea imbécil, no se queme la mitad del aguinaldo en “quedar bien”. Si aparece con un cabrito entero al horno, cinco variedades de ensaladas y tres cajones de sidras y vinos, más un delicado combo de pandulces y budines, no dirán de usted cosas del tipo “qué buena gente que es Tito”, sino que habrá a sus espaldas comentarios de la línea “cómo se nota que anda robando este hijo de puta”, “mirá cómo nos trata de tapes y angurrientos el forro de mierda” o “este se cree que porque trae comida va a ser menos guampudo”.

 

3. No trate de caerles simpáticos a los chicos. No importa que usted tenga poca confianza con la o las familias con las que va a pasar la noche, de ningún modo se sienta en el compromiso de caerles bien a los niños de esa gente. Los chicos, en las Fiestas, se pelotudizan a niveles de saturación, y a la vez adquieren una formidable capacidad de detectar al boludo de la noche.

 

Si huelen que es usted (porque al llegar se río bonachonamente cuando el primer pendejo le dijo “gordo pelado”, o alguna resignación similar a su soberanía), estese listo para que el resto de la noche le tiren cucarachas del agua -sacadas de la Pelopincho- entre la nuca y la camisa; le enciendan cohetes entre la silla y el culo, e hijaputeces por el estilo.

 

Un hermoso tongo aplicado al salir del baño, por ejemplo cuando uno de los mocosos se le cruza en el pasillo y le hace una broma sobre su camisa floreada, frena cualquier desgracia a tiempo.

 

4. Con el alcohol usted se siente más gracioso, pero no es más gracioso. Al comienzo de la noche, usted, ante comentarios que cruzan sobre la mesa en torno de distintos temas, tiene ocurrencias espontáneas, chistecitos inmediatos que sin embargo calla, porque sabe que decirlos lo dejan como un reverendo salame.

 

Pero con el correr de las copas, usted irá creyendo que no, que no es tan así, y que su cantera mental es aguda, a veces hasta brillante. Entonces, a pesar de los codazos de su mujer, usted irá desbarrancándose con el cuento verde sobre el cura misionero y el camello, la penosa anécdota del día en que su esposa (que se querrá hundir en la silla) se rajó un pedo estruendoso mientras el kinesiólogo le revisaba la rodilla, y su patética imitación de un gay para pedir que le pasen las mandiocas hervidas.

 

Cállese o váyase, pero no arruine su frágil reputación familiar.

 

5. Ningún alimento, ni siquiera los de las Fiestas, se puede reciclar durante dos semanas. Se entiende que habiéndose gastado en la cena de mierda la guita del videocable y la del viajecito a Empedrado, usted al día siguiente rejunte para el mediodía los restos de asado, algunos pedazos de lechón, trozos de pan y lo que quedó de las ensaladas, para el almuerzo, que generalmente vuelve a ser masivo.

 

Incluso, se tolera que en la noche del día siguiente todavía arme “una picadita” con lo que quedó del mediodía. Pero seguir, una semana o diez después, inventando menúes con esos despojos, es de mal gusto e incluso riesgoso en términos bromatológicos. Y además, quién puta le dijo que existe la paella con pedazos de vacío o las empanadas de lengua a la vinagreta con trozos de galleta.

 

6. Usted no-le-gus-ta-a-su-prima. Otra distorsión generada por los brindis, que comienzan siendo por postulados nobles (“por muchos años más juntos”, “por la familia”, “por la paz para todos” y terminan en cualquier cosa (“para que la Yoli pierda el embarazo o el novio se haga cargo”, “para que el canal Venus deje de ser codificado”.

 

Con las neuronas nadando entre mares de tinto y de sidra La Farruca, el emotivo de la reunión, que se pasó la noche recordando con largos discursos a todos los muertos de la familia, aprovecha un encuentro furtivo en la vereda con su prima de Neuquén para apretarla y comerle la boca de prepo luego de decirle “yo sé que vó también estaba caliente por mí cuando éramo chico”.

 

Y no, nada que ver, así que ella le calza un flor de rodillazo en las bolas, vuelve al patio, le cuenta a su marido lo que pasó y los dos lo miran con odio toda la noche. De yapa, antes de volver a su provincia, contarán a todos lo sucedido, y usted ya nunca se sacará la etiqueta de ser el sátiro del árbol genealógico.

 

7. A nadie le importa por qué lo echaron a Suárez de su laburo. Un pantano en el que suelen morir las últimas buenas intenciones de una cena de diciembre es el que crean aquellos que toman el control de la conversación familiar para inundarla de puros datos y relatos relacionados con su trabajo.

 

Cuentan en detalle la cuatro horas que demoraron en hallar una diferencia de caja, cómo son los escritorios de la oficina (descripción que incluye dibujo de planos en servilletas), o los antecedentes del despido de Suárez, historia que arranca diciendo que “todo empezó en 1986, cuando resulta que va Suárez y le dice al jefe de Personal…”

 

8. Todos sabemos que el año pasó volando, no hace falta que ningún boludo lo diga. Pero así y todo lo van a decir, y encima casi seguro serás vos.

 

9. Los chicos ya no aceptan regalos que cuestan poco. Es inútil, no te gastes. Los pibes de hoy, a la hora de esperar a Papá Noel, sólo quieren una Play Station o una computadora. Es al pedo que busques hacer bulto con camioncitos, pelotas, juegos de ping pong o posters de Harry Potter. Lo mejor, siempre, es agarrar a los pendejos, sentarlos en el living al día siguiente de que cumplan los 4 años, y decirles de una que Papá Noel son los padres.

 

10. No mandes decenas de SMS. Un error muy común: gastarse guita en mandar decenas y hasta cientos de mensajes de texto a personas a las que les importa un pomo recibirlos de tu parte. Dejate de joder, ahorrá guita, y mandá SMS sólo a las cuatro o cinco personas que de verdad se van a alegrar de ver tu nombre en el buzón de entrada. Ah, y ojo: nada de esos textos reboludos pretendidamente sentimentaloides, que en alguna parte dicen “en esta fecha tan especial” o “que la estrella de Belén guíe tus pasos”. ¡No, no y nooo!

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