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Liderar desde la confianza

Por Joaquín Sorondo  |Para LA NACION

 

Para muchos argentinos, la palabra liderazgo está devaluada. Muchos la asocian a esa cualidad que los fuertes, los que saben y hasta los vivos poseen para que los demás, los ciudadanos, empleados o colaboradores, simplemente obedezcan. Además, muchos perciben al liderazgo como un trampolín del que se valen los que mandan para incrementar sus patrimonios personales. Ejemplos no faltan.

Los casos de este viejo liderazgo que vemos a diario se sustentan en la soberbia, la imposición y el miedo. El soberbio parte de la convicción de que tiene razón. Se presenta ante el mundo y, principalmente, ante sus “subalternos”, como aquel que sabe lo que los demás no saben. Y si este líder tiene razón, tiene la verdad. Entonces, ¿para qué proponer, persuadir y negociar? ¿Para qué perder tiempo y recursos en convencer a los otros? Y, además, ¿no es acaso una demostración de debilidad? Finalmente, ¿cómo se sostiene el liderazgo basado en la imposición? Es obvio: generando miedo en los demás a través de amenazas explícitas o implícitas por el incumplimiento de las órdenes. Desobedecer tiene un precio alto.

La falta de algunas virtudes son perdonadas si los resultados que estos líderes alcanzan coinciden con nuestros fines, y hasta la ética podría ser un escollo por sortear si los objetivos a alcanzar son considerados importantes (“roban pero hacen”). Por eso valoramos tanto la demostración de fuerza, nos callan los argumentos del sabelotodo y admiramos la viveza del pícaro.

La visión que el líder posee sobre el ser humano tiene profundas implicancias en su manera de relacionarse con él. La generación de emociones como el miedo y la confianza en los dirigidos son el resultado directo de una manera de entender y ejercer el liderazgo.

Cuando el hombre es considerado un recurso, ¿de qué manera se relaciona con él la persona que detenta el poder? Si la relación es básicamente utilitarista, ¿existe la posibilidad de una relación madura? Si el rol del que manda quiebra el equilibrio entre personas iguales en su humanidad, ¿qué característica tendrá esta relación? Me animaría a decir que la concepción utilitaria del ser humano lleva casi necesariamente a una relación de dominio-sometimiento. La cosa, el instrumento, el recurso, no es nuestro igual, ¿cómo es posible entonces tratarlo de igual a igual? Si el otro es un recurso, es inferior a nosotros y la manera de relacionarnos con él es desde el dominio. Dominamos la naturaleza, los animales, las herramientas, los recursos. Con los inferiores -los recursos-, los que detentan el poder no se relacionan desde la autoridad, sino desde su deformación: el autoritarismo.

El autoritarismo podrá ser más o menos visible, se podrá manifestar explícitamente (el “patrón de estancia”) o se encubrirá bajo una superficial capa democrática (esto es frecuente en personas que han aprendido qué es “lo correcto” en estos días -participación, delegación, comunicación-, pero que no cambian su concepción profunda del significado del otro). Cualquiera que sea su manifestación, la emoción que el autoritario provoca es el miedo. El miedo genera consecuencias concretas en la organización; afecta a las personas y sus relaciones internas y externas, la creatividad, la asunción de responsabilidades y riesgos y, finalmente, los resultados.

Para alcanzar una relación madura entre seres humanos necesitamos desarrollar una emoción distinta del miedo. El miedo es incompatible con la libertad, con dar lo mejor de nosotros mismos, con la creatividad y hasta con la lealtad. Cuando analizamos los climas en las organizaciones o de las sociedades vemos que uno de los aspectos centrales es la existencia o la falta de confianza entre sus miembros.

¿Qué es la confianza? Las distintas acepciones de la palabra confianza nos abren la puerta a su significado: esperanza, fe/ seguridad/ ánimo, aliento, vigor/ pacto, convenio/ familiaridad. Y el verbo confiar: creer, fiarse/ contar/ delegar, encomendar, entregar. La desconfianza significa desesperanza, incredulidad, y descreer.

La confianza, la antítesis del miedo, tiene un impacto “sonoro” sobre las organizaciones y las sociedades. “Sonoro” por las voces y las risas que se escuchan, por las exclamaciones que provocan el arte y la creatividad, por las disculpas en voz alta ante los errores cometidos sin consecuencias. Qué diferencia con el “silencioso” miedo que tiñe de grises los días, interminables las jornadas en las que se habla poco y en voz baja, y el humor es visto con desconfianza y como una pérdida de tiempo.

“Todas las relaciones sociales que no se basan en la fuerza requieren sustentarse en la confianza -dice el sociólogo chileno Rafael Echeverría-. Este es el elemento unificador básico, el que hace de cemento en la relación. Si no hay confianza, es difícil concebir una relación entre el padre y el hijo, entre los miembros de una pareja, entre el maestro y el alumno, entre amigos, entre el médico y el paciente, entre integrantes de un mismo equipo de trabajo, entre gobernantes y gobernados. Sin confianza, cada una de esas relaciones se ve comprometida y tenderá a disolverse.”

Las condiciones que necesitamos para querer seguir juntos -si somos libres, por supuesto- son las que se derivan sólo de una relación de confianza. Sólo cabe la confianza en las relaciones humanas libres. Donde hay “recursos” hay dominio, y donde hay dominio hay fuerza y miedo. Sólo el profundo respeto por el otro puede construir la confianza necesaria para desarrollar una verdadera relación humana.

También Erich Fromm habla de este tema con la claridad que lo caracteriza: “La confianza es la emocionalidad clave del nuevo modo de hacer empresa. Con confianza, el trabajador se abre al aprendizaje, se atreve a innovar, acepta cometer errores y confrontar sus ignorancias e incompetencias. ¿Cómo desplazarse del miedo a la confianza? ¿Cómo se construye o cómo se destruye la confianza?”

Aquellos que hemos trabajado muchos años en organizaciones sabemos lo dificultoso y lento que es construir ámbitos de confianza y qué fácil se destruyen. Contestando a la primera pregunta de Fromm, creo que para llevar una situación de miedo a otra de confianza es imprescindible un buen liderazgo. Creo que sólo el líder que concibe a las personas como personas y no como recursos está en condiciones de lograrlo; el buen líder se expondrá, dará la cara, hablará abiertamente y cumplirá sus promesas; tendrá paciencia, comprensión del efecto del miedo y de la desconfianza y, poco a poco, irá convirtiéndose en alguien confiable. ¿Por qué una persona es confiable? Porque transmite honestidad y coherencia, porque es predecible, escucha interesadamente otras opiniones y cuida a su gente. Creo que el rol del líder es clave, ya que, aunque la confianza no dependa exclusivamente de él, el impacto de su conducta es determinante. Si en una organización existe miedo, miremos a sus directivos; si existe confianza, también. © La Nacion.

http://www.lanacion.com.ar/1476889-liderar-desde-la-confianza

Una muerte justa

Pidió cenar con el juez; por eso ahora beben en la celda mientras hablan como viejos amigos. El condenado le pregunta al juez si sabía que era inocente, a lo que el juez contesta que sí.

– Y por qué, entonces, me condenó. –pregunta.
– Es que todo el pueblo cree que usted es culpable y no habiendo encontrado al verdadero criminal …
– Pero usted sabe que no soy el asesino.
– De todos modos la gente no me creería, y en cuanto usted ponga un pie en la calle lo lincharían. Habrá leído “Fuente Ovejuna”.-dice el juez.
– Es una injusticia.
– Al contrario, una injusticia sería no ejecutar a nadie. Qué cree usted, que toda esa gente dormiría tranquila creyendo que un asesino, un violador, anda suelto por las calles.
– Esta ejecución será una mentira, un engaño para todos. –dijo el condenado.
– La justicia no tiene nada que ver con la verdad. La verdad no importa, pero si importara ¿quién soy yo para decir qué es verdad y qué no? Eso se lo dejo a los filósofos. Quieren justicia y ese sí es mi trabajo. Como juez debo decidir y sin duda su ejecución traerá paz a los habitantes de este pueblo.
– Pero dejará a un criminal suelto.
– Siempre habrá un criminal suelto, no importa cuántos ejecutemos. La gente necesita sentirse segura y la seguridad no es más que eso, una sensación. Yo puedo dársela y de ese modo la justicia cumple con su objetivo.
– El asesino podría estar violando a su hija mientras ustedes me matan.
– También podría hacerlo mientras yo lo libero. –levantó su copa- Como verá, su ejecución no puede traernos más que beneficios. –dijo el juez.
Luego vació la copa y llamó al guardia para que le abriera la puerta. Antes de salir giró su cabeza:

– No se atormente, hombre. Sepa que su muerte es una muerte justa.

 

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Este post es parte del blog: El Nido Prestado –http://elnidoprestado.blogspot.com

El valor de educar

Les dejo a continuación un fragmento del libro “El valor de educar” de Fernando Savater.

Actualmente coexiste en este país -y creo que el fenómeno no es una exclusiva hispánica- el hábito de señalar la escuela como correctora necesaria de todos los vicios e insuficiencias culturales con la condescendiente minusvaloración del papel social de maestras y maestros. ¿Que se habla de la violencia juvenil, de la drogadicción, de la decadencia de la lectura, del retorno de actitudes racistas, etc.?

Inmediatamente salta el diagnóstico que sitúa -desde luego no sin fundamento- en la escuela el campo de batalla oportuno para prevenir males que más tarde es ya dificilísimo erradicar. Cualquiera diría por lo tanto que los encargados de esa primera enseñanza de tan radical importancia son los profesionales a cuya preparación se dedica más celo institucional, los mejor remunerados y aquellos que merecen la máxima audiencia en los medios de comunicación. Como bien sabemos, no es así.

La opinión popular (paradójicamente sostenida por las mismas personas convencidas de que sin una buena escuela no puede haber más que una malísima sociedad) da por supuesto que a maestro no se dedica sino quien es incapaz de mayores designios, gente inepta para realizar una carrera universitaria completa y cuya posición socioeconómica ha de ser -¡así son las cosas, qué le vamos a hacer!– necesariamente ínfima. Incluso existe en España ese dicharacho aterrador de «pasar más hambre que un maestro de escuela»…

En los talking-shows televisivos o en las tertulias radiofónicas rara vez se invita a un maestro: ¡para qué, pobrecillos! Y cuando se debaten presupuestos ministeriales, aunque de vez en cuando se habla retóricamente de dignificar el magisterio (un poco con cierto tonillo entre paternal y caritativo), las mayores inversiones se da por hecho que deben ser para la enseñanza superior. Claro, la enseñanza superior debe contar con más recursos que la enseñanza… ¿inferior? Todo esto es un auténtico disparate.

Quienes asumen que los maestros son algo así como «fracasados» deberían concluir entonces que la sociedad democrática en que vivimos es también un fracaso. Porque todos los demás que intentamos formar a los ciudadanos e ilustrarlos, cuantos apelamos al desarrollo de la investigación científica, la creación artística o el debate racional de las cuestiones públicas dependemos necesariamente del trabajo previo de los maestros. ¿Qué somos los catedráticos de universidad, los periodistas, los artistas y escritores, incluso los políticos conscientes, más que maestros de segunda que nada o muy poco podemos si no han realizado bien su tarea los primeros maestros, que deben prepararnos la clientela? Y ante todo tienen que prepararlos para que disfruten de la conquista cultural por excelencia, el sistema mismo de convivencia democrática, que debe ser algo más que un conjunto de estrategias electorales…

En el campo educativo -ésta es una de las convicciones que sustentan este libro- poco se habrá avanzado mientras la enseñanza básica no sea prioritaria en inversión de recursos, en atención institucional y también como centro del interés público. Hay que evitar el actual círculo vicioso, que lleva de la baja valoración de la tarea de los maestros a su ascética remuneración, de ésta a su escaso prestigio social y por tanto a que los docentes más capacitados huyan a niveles de enseñanza superior, lo que refuerza los prejuicios que desvalorizan el magisterio, etc.

Es un tema demasiado serio para que lo abandonemos exclusivamente en manos de los políticos, que no se ocuparán de él si no lo suponen de interés urgente para su provecho electoral: también aquí la sociedad civil debe reclamar la iniciativa y convertir la escuela en «tema de moda» cuando llegue la hora de pergeñar programas colectivos de futuro. Es preciso convencer a los políticos de que sin una buena oferta escolar nunca lograrán el apoyo de los votantes. En caso contrario, nadie podrá quejarse y no queda más que resignarse a lo peor o despotricar en el vacío.

Por supuesto, también podemos confiar en que las individualidades bien dotadas se las arreglarán para superar sus deficiencias educativas, como siempre ha ocurrido. Está muy extendido cierto fatalismo que asume como un mal necesario que la enseñanza escolar -salvo en sus aspectos más servilmente instrumentales- fracasa siempre. En tal naufragio generalizado, cada cual sale a flote como puede.

Qué va a valorar la gente en un mundo donde todo es suficientemente bueno

Ayer tuve la oportunidad, gracias a Njambre, de escuchar a Andrei Vazhnov hablar sobre tecnología de impresión 3D o mejor dicho manufactura aditiva. También pude ver y tocar lo que hace posible Trimaker, una impresora 3D desarrollada en Argentina y con muy buenas perspectivas a nivel mundial.

Andrei dió una charla en TEDxRíodelaPlata, y es autor del libro “Impresion 3D: Como va a cambiar el mundo” que pueden comprar en Amazon

“El impacto de esta tecnología consiste en que nos abre la puerta por la que las cosas físicas se vuelven digitales y cuando esto pase, nuestro mundo va a cambiar para siempre.”

Esta tecnología permitirá personalizar mucho más los productos que compramos y evitar tener que conformarnos con los talles standar, por ejemplo.

“Cuando la variedad está limitada por tecnología, no hay otra opción que tratar de diseñar un producto para el gusto genérico y tratar a caerle bien a millones de consumidores sin poder satisfacer realmente a ninguno.”

Muchas industrias van a cambiar radicalmente con esta nueva forma de hacer las cosas, literalmente.

Muchas otras oportunidades y profesiones se desarrollarán en torno a estas nuevas posibilidades y se abre un interrogante más que interesante para pensar:

¿Qué va a valorar la gente en un mundo donde todo es suficientemente bueno? ¿Cómo destacarías tus productos de un sinfín de otros de la misma calidad?

172 días

172 días pasaron entre el 11/06/13 y el 30/10/13.

Ahora parecen pocos, sin embargo al transitarlos parecieron una eternidad.

En apenas 172 días, mi viejo pasó de un dolor de espalda a irse de este mundo. No fue un camino sencillo. No hay caminos sencillos en este aspecto.

Hacía pocos días me había desvinculado de la empresa donde trabajaba, así que tuve el tiempo que él y mi familia necesitaban. Pude estar ahí.

Me di cuenta entonces que el camino que había transitando durante años era el equivocado. El camino correcto es el que te mantiene cerca de tu familia, tus amigos, tus afectos… esas cosas que no podés comprar aunque trabajes 24hs por día, porque no se pueden comprar.

Me resultó mucho mas sencillo entender el concepto de “andar liviano”. También dejé de preocuparme por cosas que antes me quitaban el sueño.

Sobre el final, estuvimos muy cerca. Hablamos, discutimos y compartimos muchas cosas.

Pero lo más importante es que siento que junto a Robert (mi hermano) pudimos hacerle honor a una frase que siempre nos repetía: “los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera”…

Estos eventos te paran en seco y te hacen preguntarte muchas cosas. Creo que algunas de las respuestas están en el video.

Antes de morir quiero…

10 consejos para estas fiestas

Una de las típicas cenas apasionantes que ofrecen las celebraciones de diciembre. Las Fiestas de Fin de Año son, como su nombre no lo indica, un parto. Pero no se pueden evitar, así que la única que queda es tratar de que los daños y emboles sean mínimos. Por eso, les dejo una práctica guía de diez consejos útiles para Navidad y Año Nuevo.

 

1. Las personas nacen buenas, los parientes no. Grábese esta máxima en su cabeza, y si es posible escríbala con aerosol negro en el muro del fondo de su casa. Por eso, cuando esté organizando la cena de Nochebuena o Año Nuevo en su casa, ante los llamados de sus familiares preguntando “che, ¿qué llevamos?”, no responda irresponsablemente diciendo “¡pero nada, che, cualquier pavadita si acá nos arreglamos!”.

 

No, no cometa esa extrema pelotudez, porque es totalmente iluso de su parte pensar que su cuñada lo va a sorprender llegando esa noche con cuatro kilos de ensalada rusa, o que su hermano aportará una colección de tortas heladas para el postre.

 

Para nada. En lugar de todo eso, ella llegará con un cuarto kilo de pan y una Coca light “para mí nomás, porque con la dieta no puedo tomar otra cosa”, y él se hará el canchero con un pollo achicharrado y más pequeño que un colibrí, adquirido en una parrilla pedorra camino a la reunión. Y usted, como un boludo, tendrá que descongelar costillas y lechones que estaban pensados para el cumpleaños del nene.

 

2. Si lo invitan, no trate de quedar como el educado de la noche. La cuestión es simple, es usted o ellos. Si finalmente tiene la fortuna de zafar y evitar que la cena se haga en su casa, cague a sus parientes anfitriones del mismo modo en que ellos lo cagaron antes o lo cagarán en el futuro, según lo indicado en el punto 1.

 

No sea imbécil, no se queme la mitad del aguinaldo en “quedar bien”. Si aparece con un cabrito entero al horno, cinco variedades de ensaladas y tres cajones de sidras y vinos, más un delicado combo de pandulces y budines, no dirán de usted cosas del tipo “qué buena gente que es Tito”, sino que habrá a sus espaldas comentarios de la línea “cómo se nota que anda robando este hijo de puta”, “mirá cómo nos trata de tapes y angurrientos el forro de mierda” o “este se cree que porque trae comida va a ser menos guampudo”.

 

3. No trate de caerles simpáticos a los chicos. No importa que usted tenga poca confianza con la o las familias con las que va a pasar la noche, de ningún modo se sienta en el compromiso de caerles bien a los niños de esa gente. Los chicos, en las Fiestas, se pelotudizan a niveles de saturación, y a la vez adquieren una formidable capacidad de detectar al boludo de la noche.

 

Si huelen que es usted (porque al llegar se río bonachonamente cuando el primer pendejo le dijo “gordo pelado”, o alguna resignación similar a su soberanía), estese listo para que el resto de la noche le tiren cucarachas del agua -sacadas de la Pelopincho- entre la nuca y la camisa; le enciendan cohetes entre la silla y el culo, e hijaputeces por el estilo.

 

Un hermoso tongo aplicado al salir del baño, por ejemplo cuando uno de los mocosos se le cruza en el pasillo y le hace una broma sobre su camisa floreada, frena cualquier desgracia a tiempo.

 

4. Con el alcohol usted se siente más gracioso, pero no es más gracioso. Al comienzo de la noche, usted, ante comentarios que cruzan sobre la mesa en torno de distintos temas, tiene ocurrencias espontáneas, chistecitos inmediatos que sin embargo calla, porque sabe que decirlos lo dejan como un reverendo salame.

 

Pero con el correr de las copas, usted irá creyendo que no, que no es tan así, y que su cantera mental es aguda, a veces hasta brillante. Entonces, a pesar de los codazos de su mujer, usted irá desbarrancándose con el cuento verde sobre el cura misionero y el camello, la penosa anécdota del día en que su esposa (que se querrá hundir en la silla) se rajó un pedo estruendoso mientras el kinesiólogo le revisaba la rodilla, y su patética imitación de un gay para pedir que le pasen las mandiocas hervidas.

 

Cállese o váyase, pero no arruine su frágil reputación familiar.

 

5. Ningún alimento, ni siquiera los de las Fiestas, se puede reciclar durante dos semanas. Se entiende que habiéndose gastado en la cena de mierda la guita del videocable y la del viajecito a Empedrado, usted al día siguiente rejunte para el mediodía los restos de asado, algunos pedazos de lechón, trozos de pan y lo que quedó de las ensaladas, para el almuerzo, que generalmente vuelve a ser masivo.

 

Incluso, se tolera que en la noche del día siguiente todavía arme “una picadita” con lo que quedó del mediodía. Pero seguir, una semana o diez después, inventando menúes con esos despojos, es de mal gusto e incluso riesgoso en términos bromatológicos. Y además, quién puta le dijo que existe la paella con pedazos de vacío o las empanadas de lengua a la vinagreta con trozos de galleta.

 

6. Usted no-le-gus-ta-a-su-prima. Otra distorsión generada por los brindis, que comienzan siendo por postulados nobles (“por muchos años más juntos”, “por la familia”, “por la paz para todos” y terminan en cualquier cosa (“para que la Yoli pierda el embarazo o el novio se haga cargo”, “para que el canal Venus deje de ser codificado”.

 

Con las neuronas nadando entre mares de tinto y de sidra La Farruca, el emotivo de la reunión, que se pasó la noche recordando con largos discursos a todos los muertos de la familia, aprovecha un encuentro furtivo en la vereda con su prima de Neuquén para apretarla y comerle la boca de prepo luego de decirle “yo sé que vó también estaba caliente por mí cuando éramo chico”.

 

Y no, nada que ver, así que ella le calza un flor de rodillazo en las bolas, vuelve al patio, le cuenta a su marido lo que pasó y los dos lo miran con odio toda la noche. De yapa, antes de volver a su provincia, contarán a todos lo sucedido, y usted ya nunca se sacará la etiqueta de ser el sátiro del árbol genealógico.

 

7. A nadie le importa por qué lo echaron a Suárez de su laburo. Un pantano en el que suelen morir las últimas buenas intenciones de una cena de diciembre es el que crean aquellos que toman el control de la conversación familiar para inundarla de puros datos y relatos relacionados con su trabajo.

 

Cuentan en detalle la cuatro horas que demoraron en hallar una diferencia de caja, cómo son los escritorios de la oficina (descripción que incluye dibujo de planos en servilletas), o los antecedentes del despido de Suárez, historia que arranca diciendo que “todo empezó en 1986, cuando resulta que va Suárez y le dice al jefe de Personal…”

 

8. Todos sabemos que el año pasó volando, no hace falta que ningún boludo lo diga. Pero así y todo lo van a decir, y encima casi seguro serás vos.

 

9. Los chicos ya no aceptan regalos que cuestan poco. Es inútil, no te gastes. Los pibes de hoy, a la hora de esperar a Papá Noel, sólo quieren una Play Station o una computadora. Es al pedo que busques hacer bulto con camioncitos, pelotas, juegos de ping pong o posters de Harry Potter. Lo mejor, siempre, es agarrar a los pendejos, sentarlos en el living al día siguiente de que cumplan los 4 años, y decirles de una que Papá Noel son los padres.

 

10. No mandes decenas de SMS. Un error muy común: gastarse guita en mandar decenas y hasta cientos de mensajes de texto a personas a las que les importa un pomo recibirlos de tu parte. Dejate de joder, ahorrá guita, y mandá SMS sólo a las cuatro o cinco personas que de verdad se van a alegrar de ver tu nombre en el buzón de entrada. Ah, y ojo: nada de esos textos reboludos pretendidamente sentimentaloides, que en alguna parte dicen “en esta fecha tan especial” o “que la estrella de Belén guíe tus pasos”. ¡No, no y nooo!