Categoría: Para pensar

Directiva 10-289

Punto primero: Todos los trabajadores, asalariados y empleados de cualquier clase quedarán, a partir de ahora, sujetos a su tarea y no podrán abandonarla, ni ser despedidos, ni cambiar de empleo, bajo pena de prisión. Dicha pena quedará determinada por la Oficina de Unificación. Dicha oficina será nombrada por la Oficina de Planeamiento Económico y Recursos Nacionales. Toda persona que haya cumplido veintiún años deberá presentarse a la Oficina de Unificación, quien le asignará el lugar donde a su entender sus servicios sirvan mejor los intereses nacionales.

Punto segundo: Todos los establecimientos industriales o comerciales, o los negocios de cualquier naturaleza, deberán, a partir de ahora, seguir funcionando y sus propietarios no se retirarán, ni abandonarán, ni cerrarán, venderán o transferirán sus negocios, bajo pena de la nacionalización de sus industrias y de sus propiedades…

Punto tercero: Todas las patentes y copyrights pertenecientes a aparatos, invenciones, fórmulas, procesos de trabajo y tareas de cualquier otra naturaleza, serán transferidos a la nación como entrega patriótica de urgencia, por medio de certificados de entrega que serán firmados voluntariamente por los propietarios de dichas patentes y copyrights. La Oficina de Unificación expenderá licencias para el uso de tales patentes y copyrights a quienes las soliciten, de manera igual y sin discriminación, con el fin de eliminar prácticas monopolísticas, desechar productos anticuados y poner los mejores al alcance de la nación. No se usarán marcas, sellos ni títulos protegidos por algún copyright. Todos los productos anteriormente patentados serán conocidos por un nuevo nombre y vendidos por todos los fabricantes bajo la misma denominación, designada por la Oficina de Unificación. Todas las marcas de fábrica particulares, sellos y emblemas quedarán abolidos.

Punto cuarto: Ningún nuevo aparato, invento, producto o género de cualquier naturaleza que no se halle actualmente en el mercado, será producido, inventado, fabricado o vendido a partir de la fecha de esta directriz. Queda abolida la Oficina de Patentes y Copyrights.

Punto quinto: Todo establecimiento, organización, corporación o persona dedicados a la producción de cualquier producto, deberá, a partir de ahora, producir anualmente la misma cantidad de géneros que durante el Año Básico; ni superior ni inferior. El año conocido como Básico o Patrón será el que finalice la fecha de esta directriz. El exceso o el defecto de producción serán objeto de multas que quedarán determinadas por la Oficina de Unificación.

Punto sexto: Toda persona, cualquiera que sea su edad, sexo, clase o volumen de ingresos, deberá, a partir de ahora, gastar anualmente en la compra de géneros la misma cantidad de dinero que en el Año Básico; ni superior ni inferior. Un volumen de compras que no se atenga a ello será sancionado de acuerdo con lo que determine la Oficina de Unificación.

Punto séptimo: Todos los salarios, precios, dividendos, beneficios, intereses y formas de ingreso de cualquier naturaleza quedarán congelados en sus cifras actuales, es decir, en las de la fecha de esta directriz.

Punto octavo: Todos los casos y situaciones no específicamente mencionados en esta directriz, serán solucionados y determinados por la Oficina de Unificación, cuyas decisiones deberán considerarse concluyentes.

 

Fragmento de “La rebelión de Atlas”

El necesario Arte de Restar

La tendencia de nuestra vida, los negocios, el arte, es seguir sumando: más muebles, ropa, gadgets, tareas, citas, características a sitios web y aplicaciones, palabras a nuestra escritura .

Esta suma continua no es sostenible ni deseable.

Demasiadas cosas que hacer significa que siempre estaremos ocupados, sin tiempo para el descanso, la quietud, la contemplación, la creatividad, los seres queridos.

Clientes abrumados de opciones significa que son menos propensos a hacer una elección real.

Demasiadas posesiones es desorden, estrés visual, limpieza, mantenimiento, deudas, menos felicidad.

Demasiadas tareas hace que sea más difícil centrarse en una sola cosa o terminar algo.

Demasiadas cosas que queremos aprender significa que nunca aprendemos nada bien.

Restar es hermoso: crea espacio, tiempo, claridad.

Restar es necesario: de lo contrario estaremos sobrecargados.

La resta es un arte que mejora con la práctica. La resta la podemos practicar en nuestra agenda, lista de tareas, lista de compromisos, posesiones, lista de lectura, escritura, distracciones.

¿Qué podemos restar en este momento?

 

Traducción adaptada del artículo “The Necessary Art of Subtraction”
http://zenhabits.net/minus/
By 
Leo Babauta

Guiso de piedra

A esa pequeña Villa de Rampé, en Bélgica, poco antes del medio día llegó un joven. Había huido de la guerra, cansado de ver tanta sangre y con los oídos martirizados por tantas explosiones y gritos de dolor y muerte.

El pueblo de Rampé era largo, dividido al medio por un camino angosto y polvoriento. Agotado, sediento y temeroso golpeó las manos a la entrada de la primera casa. Caritativamente le ofrecieron un vaso con agua. Mientras saciaba la sed, le comentó a esa señora que tenía un bebé en brazos, que él venía huyendo, que tenía hambre, que estaba desorientado buscando su casa.

– No tenemos alimentos, porque los soldados que pasaron por aquí se han llevado todo lo que podían, respondió la dueña de casa, mientras calmaba a su hijita que le pedía algo.

– No se preocupe -respondió el forastero- aquí tengo algo mágico para preparar un guiso abundante, y sacó de su bolso una piedra bien pulida por el tiempo. Y agregó:

– Sólo necesito una olla grande, agua y fuego…

Una vecina se acercó para recoger novedades referente al inesperado visitante. Y saltó lo de la piedra para hacer un gran guiso. Después de satisfacer su curiosidad, a pesar de la hambruna que reinaba en la zona, dijo que ella tenía algunas legumbres. Se encaminó a su casa y de paso comentó con quien encontró en el camino, la novedad del soldado prófugo, del secreto de la piedra mágica y de una comida a la que todos estaban invitados. En minutos la Villa estaba enterada. Y así fueron desfilando uno a uno los vecinos, trayendo algo para dar fuerza a esa olla que tomaba el aspecto de comunitaria.

Aparecieron algunas papas, ajos, zanahorias, una cebolla y hasta un trozo de carne de liebre que un muchacho había cazado en un bosquecito, ayudado por dos perros galgos.

Mientras el guisado tomaba forma, el soldado aprovechaba la oportunidad para saciar la curiosidad de tantas preguntas que le hacían sobre la guerra, a la vez que les anunciaba un plato caliente y extraordinario que abría el apetito, gracias a una receta que se basaba en esa piedra milagrosa.

Una vez que hirvió lo suficiente, el soldado probó el guisado y exclamó:

– Esto sí que está bueno, esto da vida.

Y comenzaron a servirse. Más de uno después de probar hasta saciarse, pedía para llevar a las casas donde sabía que había ancianos y enfermos. En una palabra la alegría había vuelto al pueblo de Rampé.

A media tarde el promotor del suceso de despidió y como agradecimiento le dejó, a la familia que lo recibió, la piedra milagrosa, diciéndole con una sonrisa:

– Si usan esta receta, mañana nadie pasará hambre.

Buscando su hogar, en el pueblito siguiente aplicó la misma técnica, hasta que un día pudo abrazar a los suyos.

El problema no es tener dinero, sino tenerlo sin poseer valores

“Uno no debe definirse a si mismo por la riqueza que tiene, porque si éste fuera el caso, se tenderá a valorar a las personas por el auto o la casa que poseen o por el lugar donde veranean. Lo que lleva a razonar que cuanto más dinero se tiene, más se vale y a la inversa.

Los padres que piensan de esta manera, les generan confusiones terribles a sus hijos, quienes a la larga no puede determinar su valor como personas más allá de su riqueza y menos sentirse satisfechos por lo que logren con esfuerzo. Si creen que valen por el dinero, será natural para ellos trabajar sólo para ganar más. De esta manera se transformarán en adultos adictos al trabajo y a los gastos excesivos destinados a impresionar a los otros.

Para que esto no ocurra, se les debe enseñar que el dinero es sólo una herramienta y no un fin en si mismo.”

Los enemigos del hombre de conocimiento

 Del libro “Las enseñanzas de Don Juan” de Carlos Castaneda

Domingo, 15 de abril, 1962

Cuando me disponía a partir, decidí preguntarle una vez más por los enemigos de un hombre de conocimiento. Aduje que no podría regresar en algún tiempo y sería buena idea escribir lo que él dijese y meditar en ello mientras estaba fuera.
Titubeó un rato, pero luego comenzó a hablar. -Cuando un hombre empieza a aprender, nunca sabe lo que va a encontrar. Su propósito es deficiente; su intención es vaga. Espera recompensas que nunca llegarán, pues no sabe nada de los trabajos que cuesta aprender.

“Pero uno aprende así, poquito a poquito al comienzo, luego más y más. Y sus pensamientos se dan de topetazos y se hunden en la nada, Lo que se aprende no es nunca lo que uno creía. Y así se comienza a tener miedo. El conocimiento no es nunca lo que uno se espera. Cada paso del aprendizaje es un atolladero, y el miedo que el hombre experimenta empieza a crecer sin misericordia, sin ceder. Su propósito se convierte en un campo de batalla.

“Y así ha tropezado con el primero de sus enemigos naturales: ¡el miedo! Un enemigo terrible: traicionero y enredado como los cardos. Se queda oculto en cada recodo del camino, acechando, esperando. Y si el hombre, aterrado en su presencia, echa a correr, su enemigo habrá puesto fin a su búsqueda.”
-¿Qué le pasa al hombre si corre por miedo?
-Nada le pasa, sólo que jamás aprenderá. Nunca llegará a ser hombre de conocimiento. Llegará a ser un maleante, o un cobarde cualquiera, un hombre inofensivo, asustado; de cualquier modo, será un hombre vencido. Su primer enemigo habrá puesto fin a sus ansias.
-¿Y qué puede hacer para superar el miedo? -La respuesta es muy sencilla. No debe correr. Debe desafiar a su miedo, y pese a él debe dar el siguiente paso en su aprendizaje, y el siguiente y el siguiente. Debe estar lleno de miedo, pero no debe detenerse. ¡Esa es la regla ! Y llega un momento en que su primer enemigo se retira. El hombre empieza a sentirse seguro de sí. Su propósito se fortalece. Aprender no es ya una tarea aterradora. “Cuando llega ese momento gozoso, el hombre puede decir sin duda que ha vencido a su primer enemigo natural.” – Ocurre de golpe, don Juan, o poco a poco? -Ocurre poco a poco, y sin embargo el miedo se con- quista rápido y de repente. -¿Pero no volverá el hombre a tener miedo si algo nuevo le pasa?

-No. Una vez que un hombre ha conquistado el miedo, está libre de él por el resto de su vida, porque a cambio del miedo ha adquirido la claridad: una claridad de mente que borra el miedo. Para entonces un hombre conoce sus deseos; sabe cómo satisfacer esos deseos. Puede prever los nuevos pasos del aprendizaje, y una claridad nítida lo rodea todo. El hombre siente que nada está oculto, “Y así ha encontrado a su segundo enemigo: ¡la claridad! Esa claridad de mente, tan difícil de obtener, dispersa el miedo, pero también ciega. “Fuerza al hombre a no dudar nunca de sí. Le da la seguridad de que puede hacer cuanto se le antoje, porque todo lo que ve lo ve con claridad. Y tiene valor porque tiene claridad, y no se detiene en nada porque tiene claridad. Pero todo eso es un error; es como si viera algo claro pero incompleto. Si el hombre se rinde a esa ilusión de poder, ha sucumbido a su segundo enemigo y será torpe para aprender. Se apurará cuando debía ser paciente, o será paciente cuando debería apurarse. Y tonteará con el aprendizaje, hasta que termine incapaz de aprender nada más.

-¿Qué pasa con un hombre derrotado en esa forma, don Juan? ¿Muere en consecuencia?
-No, no muere. Su segundo enemigo nomás ha parado en seco sus intentos de hacerse hombre de conocimiento; en vez de eso, el hombre puede volverse un guerrero impetuoso o un payaso. Pero la claridad que tan caro ha pagado no volverá a transformarse en oscuridad y miedo, Será claro mientras viva, pero ya no aprenderá ni ansiará nada.
-Pero ¿qué tiene que hacer para evitar la derrota? -Debe hacer lo que hizo con el miedo: debe desafiar .
su claridad y usarla sólo para ver, y esperar con paciencia y medir con tiento antes de dar otros pasos; debe pensar, sobre todo, que su claridad es casi un error. Y vendrá un momento en que comprenda que su claridad era sólo un punto delante de sus ojos. Y así habrá vencido a su segundo enemigo, y llegará a una posición donde nada puede ya dañarlo. Esto no será un error ni tampoco una ilusión. No será solamente un punto delante de sus ojos. Ese será el verdadero poder.

“Sabrá entonces que el poder tanto tiempo perseguido es suyo por fin. Puede hacer con él lo que se le antoje. Su aliado está a sus órdenes. Su deseo es la regla. Ve claro y parejo todo cuanto hay alrededor. Pero también ha tropezado con su tercer enemigo: ¡el poder!
“El poder es el más fuerte de todos los enemigos. Y naturalmente, lo más fácil es rendirse; después de todo, el hombre es de veras invencible. El manda; empieza tomando riesgos calculados y termina haciendo reglas, porque es el amo del poder.
“Un hombre en esta etapa apenas advierte que su tercer enemigo se cierne sobre él. Y de pronto, sin saber, habrá sin duda perdido la batalla. Su enemigo lo habrá transformado en un hombre cruel, caprichoso ”
-¿Perderá su poder?
-No, nunca perderá su claridad ni su poder. -¿Entonces qué lo distinguirá de un hombre de conocimiento?
-Un hombre vencido por el poder muere sin saber realmente cómo manejarlo. El poder es sólo un carga sobre su destino. Un hombre así no tiene dominio de sí mismo, ni puede decir cómo ni cuándo usar su poder.

-La derrota a manos de cualquiera de estos enemigos es definitiva?
-Claro que es definitiva. Cuando uno de estos enemigos vence a un hombre, no hay nada que hacer.
-¿Es posible, por ejemplo, que el hombre vencido por el poder vea su error y se corrija?
-No. Una vez que un hombre se rinde, está acabado. -¿Pero si el poder lo ciega temporalmente y luego él lo rechaza?
-Eso quiere decir que la batalla sigue. Quiere decir que todavía está tratando de volverse hombre de conocimiento. Un hombre está vencido sólo cuando ya no hace la lucha se abandona.
-Pero entonces, don Juan, es posible que un hombre se abandone al miedo durante años, pero finalmente lo conquiste.
-No, eso no es cierto. Si se rinde al miedo nunca lo conquistará, porque se asustará de aprender y no volverá a hacer la prueba. Pero si trata de aprender durante años, en medio de su miedo, terminará conquistándolo porque nunca se habrá abandonado a él en realidad.
-¿Cómo puede vencer a su tercer enemigo, don Juan? -Tiene que desafiarlo, con toda intención. Tiene que llegar a darse cuenta de que el poder que aparentemente

ha conquistado no es nunca suyo en verdad. Debe tenerse a raya a todas horas, manejando con tiento y con fe todo lo que ha aprendido. Si puede ver que, sin control sobre si mismo, la claridad y el poder son peores que los errores, llegará a un punto en el que todo se domina. Entonces sabrá cómo y cuándo usar su poder. Y así habrá vencido a su tercer enemigo.

“El hombre estará, para entonces, al fin de su travesía por el camino del conocimiento, y casi sin advertencia tro-pezará con su último enemigo: ¡ la vejez! Este enemigo es el más cruel de todos, el único al que no se puede vencer por completo; el enemigo al que solamente podrá ahuyen-tar por un instante.
“Este es el tiempo en que un hombre ya no tiene miedos, ya no tiene claridad impaciente; un tiempo en que todo su poder está bajo control, pero también el tiempo en el que siente un deseo constante de descansar. Si se rinde por entero a su deseo de acostarse y olvidar, si se arrulla en la fatiga, habrá perdido el último asalto, y su enemigo lo reducirá a una débil criatura vieja. Su deseo de retirarse vencerá toda su claridad, su poder y su conocimiento.
“Pero si el hombre se sacude el cansancio y vive su destino hasta el final, puede entonces ser llamado hombre de conocimiento, aunque sea tan sólo por esos momentitos en que logra ahuyentar al último enemigo, el enemigo invencible. Esos momentos de claridad, poder y conocimiento son suficientes.”

La provocadora desigualdad

Es común considerar a la pobreza y la marginalidad como provocadoras de la violencia, y sin duda lo son; sin embargo, está demostrado que la principal promoto­ra es la carencia de perspectivas de superación de los individuos, así como la frustración reiterada de sus expectativas de mejoramiento socioeconómico. El profe­sor Ricardo Alvarez me contó lo siguiente: “Recuerdo, hace unos años, la indignación de una empleada domés­tica semianalfabeta al escuchar el comentario de un periodista televisivo que justificaba a unos delincuentes por su situación socioeconómica. Enojadísima me dijo: ‘Yo también vivo una villa, pero no robo. Y a mis hijos los eduqué para que sean honestos. Y ninguno me salió torcido. Todos trabajan, aunque sea haciendo changuitas. A veces no consiguen trabajo. ¡Y bueno, entonces nos arreglamos como podemos! ¿Qué quiere decir ese señor que habla por la tele? ¿Qué todo los pobres somos ladrones? ¿O que deberíamos serlo?’. Tenía razón”.

Justamente no es en las zonas más pobres del país donde hay más delitos, como puede comprobarse en lugares relativamente vírgenes del adoctrinamiento consumista como algunas poblaciones del interior de nuestro Noroeste. Las cifras más elevadas se dan donde existe mayor desigualdad y contraste entre la riqueza de unos pocos y las estrecheces de muchos.

La razón de fondo es la compulsión por tener, como sinónimo de “ser alguien”, que puede llevar a quienes sufren un daño por ejemplo en su automóvil a una reacción desmedida. Es que ese preciado objeto, que constituye una de las máximas aspiraciones en la vida y al que hay que llegar por la vía que fuese —legal o ilegal—, es mucho más que un objeto: su carrocería se confunde con el cuerpo de su dueño.

En el capitalismo exacerbado en que vivimos, la inseguridad provoca aislamiento y desconfianza en el prójimo, quien es vivido como un competidor, eventualmente un enemigo. A la vez, es notorio el deterio­ro de mecanismos de socialización contenedores que hasta no hace mucho eran importantes, como la escue­la, las entidades religiosas o los clubes de barrio.

La sociedad de los miedos.

Pacho O’Donnell

CARTA ABIERTA A BORIS SPASSKY (1974)

Estimado camarada Spassky:

He estado observando con gran interés su encuentro con Bobby Fischer por el campeonato mundial de ajedrez. No soy una entusiasta del ajedrez, ni siquiera jugadora, y sólo conozco los rudimentos del juego. Soy filósofa y novelista.

Pero observé por televisión algunas de sus jugadas, y descubrí que constituyen una fascinante demostración de la enorme complejidad de pensamiento y planificación que se requiere de un jugador de ajedrez; una demostración de cuántas consideraciones debe tener en mente, cuántos factores tiene que integrar, para cuántas contingencias debe prepararse, hasta dónde debe ir para ver y planificar. Es obvio que usted y su adversario poseen una capacidad intelectual excepcional.

Quedé sorprendida al darme cuenta de que el juego mismo y el virtuosismo mental de los jugadores son posibles por el absolutismo metafísico de la realidad con la cual tratan. El juego está regido por la Ley de Identidad y su corolario, las leyes de Causalidad. Cada pieza es lo que es: una reina es una reina, un alfil es un alfil, y las acciones que cada uno puede realizar están determinadas por su naturaleza: una reina puede moverse a cualquier distancia en cualquier línea accesible, en línea recta o en diagonal, un alfil no puede hacerlo; una torre puede moverse de un lado del tablero hacia el otro, un peón no puede hacerlo, etc. Sus identidades y las reglas de sus movimientos son inmutables, y esto le permite a la mente del jugador idear una estrategia compleja, de largo alcance, de modo que el juego no dependa de otra cosa que del poder de su ingenio (y del de su contrincante).

Esto me llevó a algunas preguntas que me gustaría plantearle.

1. ¿Sería capaz de jugar si, en un momento crucial, por ejemplo cuando después de horas de enorme esfuerzo mental, había logrado acorralar a su adversario y un poder desconocido, arbitrario, cambiara repentinamente las reglas del juego en favor de él, permitiendo que, digamos, sus alfiles se movieran como reinas? ¿Podría continuar? Empero, en el mundo real, ésta es la ley de su país y ésta es la condición en que se espera que sus compatriotas aprendan, no a jugar, sino a vivir.

2. ¿Sería capaz de jugar si las reglas del ajedrez fuesen actualizadas para conformarse a una realidad dialéctica, en la cual los opuestos se fusionaran, de tal modo que, en un punto álgido, su reina cambiara repentinamente de blanca a negra, pasando así a ser la reina de su adversario, y luego mutando a gris, y por lo tanto perteneciera a ambos jugadores? ¿Podría continuar? Sin embargo, en el mundo real, ésta es la visión de la realidad que sus compatriotas son obligados a aceptar, a absorber y a vivir.

3. ¿Sería capaz de jugar si tuviese que hacerlo en equipo, es decir, si se le prohibiera pensar o actuar a solas y tuviera que jugar no con un grupo de asesores, sino con un equipo que determinara cada una de sus jugadas mediante el voto? Puesto que, como campeón, su mente es la mejor, ¿cuánto tiempo y esfuerzo le llevaría persuadir al equipo de que su estrategia es la más acertada? ¿Tendría probabilidades de ganar? ¿Y qué haría si alguna mente pragmática, inmediatista, votara para comer el caballo de su adversario aunque eso le costara un jaque mate tres jugadas más tarde? ¿Podría continuar? No obstante, en el mundo real, éste es el ideal teórico de su país, y éste es el método que se propone emplear (algún día) en la investigación científica, la producción industrial y toda clase de actividad requerida para la supervivencia del hombre.

4. ¿Podría jugar si el engorroso mecanismo del trabajo en equipo fuera modernizado y sus jugadas fueran dictadas simplemente por un hombre situado detrás de usted, con una pistola apoyada en su espalda, un hombre que no explicaría ni discutiría, sino que su único argumento, su única calificación sería su arma? No podría empezar a jugar, y mucho menos continuar haciéndolo. Empero, en el mundo real, ésta es la política práctica bajo la cual los hombres viven y mueren en su país.

5. ¿Podría jugar, o gozar del aprecio profesional, el interés y el aplauso de una Federación Internacional de Ajedrez, si las reglas del juego fuesen escindidas y usted jugara por las reglas “proletarias” y su adversario, por las reglas “burguesas”? ¿Diría que tal pluralidad de reglas es más absurda que el polilogismo? Sin embargo, en el mundo real, su país manifiesta que busca la comprensión y la armonía globales, mientras proclama que se rige por la lógica “proletaria” y que los otros se rigen por la lógica “burguesa”, o por la lógica “aria”, o por la lógica “tercermundista”, etcétera.

6. ¿Sería capaz de jugar si las reglas del juego permanecieran tal como son ahora, con una excepción: que se estableciera que los peones fueran las piezas más valiosas e imprescindibles (ya que pueden simbolizar a las masas), que deberían ser protegidas al precio de sacrificar las más eficaces (los individuos)? En lo que respecta a esta pregunta, podría hacer la salvedad de que esto no pasa solamente en su país, sino que esta especie de regla moral se acepta en el mundo entero.

7. ¿Querría jugar si las reglas del juego permanecieran inmutables, pero la distribución de las recompensas fuera alterada de acuerdo con los principios igualitarios: si los premios, los honores, la fama no fueran dados al ganador, sino al perdedor, si el hecho de ganar se considerara como un síntoma de egoísmo y el ganador fuera castigado por el crimen de poseer una inteligencia superior, y la pena consistiera en la suspensión por un año, para darles una oportunidad a otros? ¿Intentarían, usted y su adversario, jugar no para ganar, sino para perder? ¿Qué le causaría esto a su mente?

Sinceramente,

AYN RAND